sábado, 3 de marzo de 2012

Capítulo 7

Capítulo 7
Neil   Xyay


Neil. Cuando leas esto sabrás ya que soy tu padre.
Quiero que vengas; reúne pistas y encuéntrame. Que dentro de mi misterio está el tesoro que te heredo.

El tesoro de mil naciones es tuyo, si sabes dónde buscar.


El joven carnicero estaba acostado boca arriba sobre su cama. Eran altas horas de la madrugada y el muchacho seguía reflexionando lo ocurrido cuatro horas después del mensaje de su madre.
Tedd, su amigo, había vuelto hace unos momentos curioso por las noticias dadas por la señora. Apenas se enteró de todo dejó a Neil descansar a solas en su pieza. No pasó mucho tiempo cuando McLorence regresó más curioso que nunca a bombardear preguntas.
Antes de las preguntas al aire y el gran momento existencial su amigo le confesó a Neil que tenía todo su apoyo en lo que él necesitara, pero que en dado caso de que él quisiera viajar fuera de la villa ahí se acabaría dicho trato.

A pesar de todo lo que Tedd sospechaba sobe el mal humor de su amigo desde la tarde del día de ayer cuando salió del juzgado no se guardó sus propias palabras de desahogo y su impotente deseo de saber lo que le aconteció a Neil una noche en el calabozo del castillo de la reina Catherine de la Feersh; que por cierto, por decreto real era penado todo aquel que se atreviera a decir su nombre incompleto o con alguna especie de abreviación y/o apodo.
La reina misma había puesto dicha ley al seguir el linaje cuando su padre murió. Todos piensan, debió tener un trauma de niña para no sólo ser insoportable sino también sínica y prepotente con la gente. Su padre, el rey, no lo era ni lo hubiera permitido.

Después de recibir frases mal trechas de su amigo por obvias y secretas razones Tedd antes de hablar exhaló profundamente y soltó el aire. Inconforme continuó:

-Aunque no me quieras decir nada de todos modos debes tomar una decisión. -aunque sus palabras fueron respondidas por un limitante gesto de entendimiento eso no evitó que fuera evidente la preocupación de su amigo hacia lo que posiblemente era lo más extraordinario para un adolescente de 15 años. Que es ser el mismísimo hijo del ídolo de todos: Monihiant Xyay.
Eso antes hubiera significado toda la verdad que necesitaba. Sería no sólo la carne y sangre de su héroe, sino que también conocería la emoción de tener un papá. Alguien con quien jugar en los parques, a quien esperar en esos días de desánimos, un ejemplo palpable de su existencia concebida por el fruto del amor entre su mamá y su papá.

Pero pasó todo lo contrario.
Las emociones se reventaron en su interior como dos cornos furiosos en la plaza de Cembalia. La confusión de sus ojos y el latir de su corazón lo ensordecieron de las fieles palabras de su compañero apoyándolo en el momento que más lo necesitaba.
Y es que la inminente desaparición de Monihiant sólo hacía las cosas más complejas. Muy dentro de él sabía que todo este problema era para hacerlo complejo hasta cierto punto de hacer madurar algo, ignoraba si era el problema mismo o a él, pero ¿Por qué?, se preguntaba, ¿Por qué mi mamá me ocultaría algo tan importante como eso? ¿Por qué desapareció? ¿Por qué ahora?

Entre más pensaba las cosas más se llenaba la cabeza de dudas, con más preguntas sin respuestas y todo esto cada vez a mayor escala.

-Hay algo más allá. -se dijo a sí mismo en voz alta.
-¿Le has preguntado a tu mamá?
-Ella no me quiere decir nada. -produjo y bajó su mirada evadiendo la de su amigo. -Ella le sigue siendo fiel a ese puñado de porquería aunque él a ella no...
-Wo wo wo... -interrumpió McLorence con una mueca en sus labios, vacilante continuó. -Creía que Monihiant Xyay era tu ídolo, tu adoración. Hace menos de 48 horas lo alababas como la mejor persona del mundo ¿Qué lo hace diferente ahora?
-Sigo confundido y tú no me ayudas en nada...
-¡Te doy mi apoyo malagradecido! -gritó.
-¡Eso hubiera querido ver en el castillo!

Un silencio incómodo inundó la pieza. Cuando ambos se dieron cuenta ya estaban paralizados con los puños cerrados y mirándose el uno al otro como pocas veces en su vida como amigos lo habían hecho. La intensidad de sus ojos se apagó cual fuego se extingue con el agua.
Neil le dio la espada y caminó unos pasos hacia el guardarropa el cual comenzó a vaciar sacando prendas que usaba desde hace años. Una por una las fue apilando sobre una mochila. Las únicas palabras que artículo en ese momento de explosión fueron que no descansaría hasta saber la verdad de todo esto; denotaba tristeza en sus ojos, casi a tal punto de quererse bañar en lágrimas.

-Neil, ¿Qué sucedió?- preguntó Tedd a su amigo con mayor tranquilidad que hace unos segundos.
-La ahorcarán... -suspiró. -A Molly la van a ahorcar hoy al mediodía.
-¿Quién es Molly? -preguntó Tedd sin darle importancia.
-La chica que nos acompañó en el castillo de la reina Catherine de la Feersh.
-Mejor para nosotros...
-¡No te atrevas a decir eso! -gritó. -Por mi culpa una persona morirá. No me creo lo suficientemente fuerte como para vivir con algo como eso en mi conciencia.

Neil no limitó sus palabras sólo en sus sentimientos de culpa. A partir de ahí comenzó a contarle a Tedd McLorence su intención de presentarse para detener la ejecución de Molly ante todo el jurado y plebeyo de la villa. Tedd trató de impedir tal tontería advirtiéndole que iba a ser perseguido por la misma realeza fuera a donde fuera y que terminaría tarde o temprano en el lugar de la ladrona, que él pensaba que por sus crímenes bien se merecía tal final.
La razón le fue inútil trasmitirla a Neil Fernett, él ya estaba decidido a continuar con esto aconteciera lo que aconteciera.




No faltaba mucho para que amaneciera; el joven carnicero llevaba en su espalda su mochila repleta de ropa y bocadillos, una botella rellena de agua en un extremo de su cargamento, bolsa de dormir encima de la primera abertura y suficientes glins como para tomar el tren hasta su destino más transporte adicional.

-Llegaré a Shelsy en una semana y hallaré la forma de comunicarme contigo, después...
-No podrás llegar -interrumpió. -Las fronteras de Helin Fernen con las ciudades vecinas serán alertadas por la corte real de ti por la tontería que piensas hacer por una ladrona como ella. Antes de llegar ya tendrás tu cuerpo agujerado por las balas.
-No puedo dejar que Molly muera por mi culpa. -mencionó preocupado y con el cuerpo agitado. -Aunque me cueste creerlo Tedd, te necesito. Tú papá es soldado de la corte, él me puede ayudar a salir de Laroiss.
Además necesitaré alguna especie de arma para defensa personal.
-Estarás de broma... -pronunció su amigo furioso. -No me meterás en tus problemas sólo porque quieres hacerte el héroe. Por algo esa chica fue sentenciada a la horca, no tienes ningún derecho sobre la familia real de Laroiss para impedir eso.
No te protegeré...

La discusión dio giros tan inesperados que de un momento a otro Tedd ya estaba envuelto en los planes de su persuasivo amigo. Quizás sintió lástima por él y decidió ayudarlo bajo varias condiciones que poco le importaron a Neil: una de ellas fue la promesa sobre todas las cosas que su viaje con él concluiría hasta llegar a Shelsy, encuentre alguna pista o no Tedd regresaría a la villa de Laroiss sin más.
Tedd McLorence se despidió de su amigo. Anterior a esto planificaron una jugada muy arriesgada para salir de Laroiss sanos y salvos y así que pudieran llegar a Shelsy sin contratiempos. Con la promesa de que Tedd lo acompañaría con algo cubriéndole todo el rostro; la violación de su ética era suficiente para excitar sus emociones hasta la locura, pero seguramente lo que hacía que quebrantara sus reglas y ciegamente acompañara a su amigo fue su sed de aventuras.

-Sabes que no podrás regresar a esta villa a menos que sea al lado de Monihiant Xyay ¿verdad? -pronunció Tedd antes de marcharse a su casa y preparar todo.
-Así lo pienso hacer. -aseguró Neil no sólo con sus palabras sino también con su mirada.




Neil Fernett pasó por la sala de su casa. Entró a la carnicería por la trastienda esperando ver mucha gente esta nueva mañana, pero estaba vacía, con sólo una mujer: María Fernett, su madre.
Esperaba muchas cosas de su madre antes de irse pero nada pasó, más que suspiros que ya empañaban el estante de cristal. Vaciló y tomó carne fría del congelador esperando que algo ocurriera, pero nada. Cerró el congelador.

-¿Sabías que esto pasaría? -preguntó el joven sin mirarla.
-Si... -sollozó.

Neil continuó empacando comida fría y se fue directo a los quesos y jamones con un gesto inconforme en su rostro por las secas respuestas de su madre.

-Si él no hubiera desaparecido... ¿Me lo hubieras dicho?
-Debes entender, Neil, que todo pasó así por una razón. -dijo María y se puso de pie autoritaria frente al joven. -Cuando lo veas entenderás más cosas que por el momento no te puedo decir porque tampoco las entiendo.
-Sólo quiero saber si lo amas... -exclamó Neil con los ojos vidriosos. -Quiero saber si yo para ti soy Neil Fernett o Neil Xyay. No sólo quiero ir con él para conocer a mi padre, también quiero saber más sobre mí. Saber si él me quería...
-Él te amaba.
-Entonces ¿Por qué se fue? -gritó suplicando una última respuesta pero fue inútil, de la boca de su madre no fue articulada ninguna palabra, ni siquiera un suspiro, sólo quedó callada.

Neil enfadado pero no enojado tomó su mochila, la colgó sobre un hombro suyo y abrió la puerta de la carnicería. La campanilla sonó y Neil se despidió de María; ella lo despidió con un improvisado beso en su frente y le dijo tiernas palabras de alivio para que las tuviera como recuerdos en su viaje, con la promesa de que cuando volviera continuaría su entrenamiento como carnicero.
Neil la abrazó repentinamente y derramó unas cuantas lágrimas al decirle que la amaba. María no lloró pero lo abrazó muy fuerte; más fuerte de lo que él recordaba.

-Nos veremos mamá.
-Nos veremos Neil Xyay.

Al salir de la carnicería del Abastor el muchacho escuchó desde lo lejos en La Gran Central a la gente gritar y aplaudir por el juicio de una ladrona.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

lunes, 5 de septiembre de 2011

Capítulo 6

Capítulo 6
La   carta   de   mamá



Hoy se firma un día en la historia de la humanidad…

Dictó la joven del noticiero.

Sin previo aviso las luces del castillo se han apagado. Me refiero, claro está, al castillo de Monihiant Xyay.
Aunque ninguna persona ha entrado, siempre se había rumoreado que, cuando las luces se apagaran, efectivamente la seguridad también. Sin afán de ofender al señor Xyay los nativos de Shelsy han irrumpido en el castillo. Esperando ver a su héroe de rostro anónimo; sin embargo, para su sorpresa, no sólo de ellos, sino del resto del planeta, es que Monihiant ya no estaba en su castillo.
Los habitantes buscaron hasta el amanecer al dichoso icono, pero ninguna respuesta alentó a que lo pudieran encontrar.

Ha desaparecido.
El genio virtuoso, el hombre más importante del planeta, Monihiant Xyay ha desaparecido.
Nadie lo conoce, nadie sabe cómo es, los pocos que dicen saber, no lo han visto por ningún lado en Shelsy. Y las personas buscan con desesperación un rostro desconocido.

Ha ocurrido lo peor.
Mientras tanto, en los múltiples edificios OMCPDM: Organización Masiva Contra la Pobreza y la Desigualdad Mundial; siguen maquinando todo en automático. Los huéspedes dicen también que no han visto nada fuera de lo común y que esperan al señor Xyay, bueno, muy pronto de vuelta con nosotros…





-Neil… vámonos –suplicó Tedd jalando del brazo a su amigo que aún seguía pasmado por todo lo que estaba ocurriendo. Sin saber cómo recurrir a su bienestar mental decidió acompañar a Tedd a la calle.

En las calles los puestos no estaban levantados. Éste suceso los había obligado a resguardarse en sus casas con sus respectivos televisores. Durante todo el día la noticia siguió pasando.
Algunos la veían con la espera de que pudieran llegar buenas noticias; algún supuesto malentendido. Sin embargo, nada.

Los muchachos siguieron caminando calle abajo; todas y cada una de las grandes avenidas, donde a esta buena hora del día abundaban los mercantes, estaba desierta. De vez en cuando escuchaban algún grito de desesperación, otras veían a personas correr de un lado para el otro. Era completamente inexplicable lo que estaba ocurriendo.
Tedd miraba preocupado a Neil. Pensaba, que en cualquier momento se vendría abajo; no sabía si por la conmoción de Monihiant, o alguna otra cosa que haya pasado en el edificio de justicia.

Al fin Neil pudo tocar los suelos de su propiedad. Se quitó su calzado, lastimado y maloliente dio pequeños pasos y se sentó de sopetón en el sillón de su sala.
Tedd no sabía cómo actuar, aunque es cierto que no era la primera vez que tenía que estar ahí para ayudar a su amigo, él sabía que había algo que lo llenaba de desesperación en su interior. Su amigo advirtió la llegada de ambos a la mamá de Neil y se echó a la cocina para traerle al joven carnicero un vaso de agua.

-Tienes que contarme, Neil… -aconsejó su amigo. Extiende su mano y le da el vaso de agua.
-La van… -balbuceó y tomo el vaso de agua. -, la van a matar…- calló al sentir la presencia de alguien bajando las escaleras. Era su mamá, con una expresión pálida en su rostro. Se le notaba cierta inquietud; sus piernas temblaban cada vez más con el bajar de los escalones. Miró a Tedd, el amigo de su hijo.

Los muchachos trataron de encontrarse tranquilos. Hubo un silencio en un principio incómodo, pero poco a poco se fue opacando por el cierto interés en tanto descontento.

-Veo que ya se enteró, señora Fernett… -dijo Tedd tratando de animar la escena.
-Sí. –pronunció mientras se sentaba. –Tedd, necesito que me dejes a solas por hoy con mi hijo… hay ciertas cosas de las que debemos hablar.

Neil la miró con incómodos ojos. Lo primero que pasaba por su cabeza era el cómo se había enterado de todo lo que ocurrió en el castillo de Catherine. Esta inesperada intervención de su mamá no era natural; al menos en sus años nunca la había visto así.
Aunque Tedd se preguntaba lo mismo era preciso volver a su casa. También tenía mucho qué explicarle a su mamá y papá. Después de asentar tranquilamente, se levantó, tomó aire y se fue de la casa de su amigo desganado.

Una vez la ausencia de su amigo; Neil esperaba la mínima reacción de su mamá. Apropiadamente, bajó la cabeza y esperó el más cruel de los regaños y gritos dados por una carnicera de su talento.
Neil cerró bien fuerte los ojos, pero por más que esperó nunca llegó nada parecido a la reprimenda que sabía que se merecía.

Silencio.

Su madre lo miró con unos ojos que nunca había conocido el joven en toda su vida.

-¿Cómo estás? –preguntó la madre.
-Mmmm… bien… -vaciló Neil al responder, le era extraño que de pronto su mamá le comenzara a interrogar de esa manera.
-Los tiempos… em, vaya… ya tienes 15 años…
-Sí, cumpliré 16 en unos meses… -respondió Neil. Pensó que diría alguna otra cosa pero de los orbes oscuros de su madre se comenzaron a derramar lágrimas enormes; resbalaron por su mejilla y terminaron derramándose de su barbilla hasta el mandil que llevaba puesto.
-No, perdón, disculpa… -dijo secándose una mejilla con su mismo mandil. –Es que has crecido ya mucho, y no me había dado cuenta que… eres su viva imagen.
-¿Viva imagen? –preguntó con sigilo.
-Sí, hablo de tu papá, él…
-¿Por qué me hablas de mi papá justo ahora? –lanzó la interrogante de mala gana. –Siempre decías que él no merecía ser tema de conversación, en ninguna clase de plática que tuviéramos.
-Lo sé… -suspiró. –Sé que él ha cometido muchos errores, y que es injusto mencionarlo con el nombre de “papá”, siendo que jamás ha estado con nosotros. Pero gracias a él hemos tenido la posibilidad de lograr muchas cosas –explicó. -, por ejemplo: el establecimiento en el que ahora vivimos. No lo hubiera logrado sin su ayuda, en aquellos tiempos tú todavía estabas dentro de mi vientre… él me echó la mano…

María calló súbitamente como esperando a que Neil siguiera con la conversación. Pero su rostro sólo emanaba desagrado a la clase de camino que sabía que iba la charla. Sabía que se trataba de una de esas charlas que, aunque sea a la fuerza, un joven debe escuchar en alguna etapa de su vida.
Aunque era el momento más incómodo para oírla, supo escuchar a su madre, y ella fue desglosando todo lo que él tenía qué saber sobre el tema.

-… él siempre procuró que viviéramos bien. En el pasado han ocurrido diversas cuestiones con las que…
-Mamá, basta. –se interpuso Neil a seguir escuchando toda la plática sin ninguna razón de ser. –Entiendo que mi papá cometió muchos errores, bla, bla, bla. No me interesa en lo más mínimo; yo estoy creciendo bien, no necesito saber nada de él para ser feliz. Toda la basura que sea su vida o donde quiera que esté, si está muerto, no me importa. –exclamó. –Me gusta mi vida, me gusta quien soy, me gusta seguir viviendo como vivo… no merezco ni más ni menos. Y mi sueño sigue siendo seguir con el negocio en la carnicería y convertirla no sólo en la mejor de Laroiss, sino de todo el mundo.
-Lo sé… -susurró su madre con un fuerte dolor en su garganta de tanto llorar.
-¡Entonces! ¿Por qué?

Y volvió el silencio como tumba.
Neil estaba molesto por la plática. Vio a su madre preocupada y dispuesta a darle a entender algo que él no podía siguiera llegar a articular en su mente.
Sin decir nada María comenzó a sacar de su bolso algo. La duda del muchacho saltó por los aires -¿Qué sería tan importante que querría que viera en ese momento?- pensó.
Su mente se disipó cuando su madre le extendió su mano. En ella tenía un pedazo inerte de papel. Una simple nota doblada en cuarto partes. Nada más ni nada menos.
Neil confundido tomó el pedazo de papel y lo desdobló frente a sus ojos. La letra estaba claramente hecha a mano, su cursiva era casi imposible de leer; pero logró recordar sus clases en la escuela y la llevó hasta la total comprensión:


Neil. Cuando leas esto sabrás ya que soy tu padre.
Quiero que vengas; reúne pistas y encuéntrame. Que dentro de mi misterio está el tesoro que te heredo.

El tesoro de mil naciones es tuyo, si sabes dónde buscar.


El muchacho terminó de leer. Miró tras la hoja como si esperara encontrar algo más pero nada. Todo estaba ahí en esas, para él, pobres líneas.

-¿Y qué? –preguntó con inexpresiva mirada.
-Él me dijo que te diera esa carta cuando llegara el momento… -explicó María sin quitarle la vista de encima. –Él me dijo que, en el momento en que desapareciera, te tendría que dar esta carta… y que tú decidirías qué hacer después. En términos iguales, sabes la verdad y mereces tomar la decisión por ti mismo. Porque nadie te va a detener, ni siquiera yo, que te amo, no te detendré más si tú no quieres. Todo dependerá de ti…
-No lo entiendo… -dijo Neil trastornado, sabía lo siguiente que su madre iba a decir. Eran las palabras que nunca esperó llegar a escuchar.
-Monihiant Xyay… -suspiró. –Es tu papá.




…. Y no sabemos dónde está, ni qué puede estar tramando.
Sólo sabemos una cosa. Ya no está, y tenemos que encontrarlo. ¿Por qué? Porque él sigue siendo la persona que la gente necesita saber que allí está, que el mundo no se desmoronará en cualquier momento.

Te necesitamos Monihiant Xyay.

Terminó de decir la reportera.
Una vez terminado el programa, la gente apagó el televisor y guardaron un minuto de completo silencio, en todo el mundo.

martes, 30 de agosto de 2011

Capítulo 5

Capítulo 5
El   canto   del   Feeing



La corte real estaba constituida por cinco grandes cabezas: cada uno de ellos provenía de La Gran Central. Con sus miradas inexpresivas recorrían el salón donde se llevaría a cabo el juicio de los ladrones, que se levantaron junto con un grupo en el castillo de la reina; apenas la noche anterior y ya todo el pueblo de Laroiss junto con los ricos y poderosos, de la parte burgués de la ciudad, ya se habían enterado de todo lo ocurrido; aunque ya eran altas horas de la mañana, a decir verdad.
Una de las cinco cabezas de la corte se levantó. Se trataba de una mujer anciana, de aspecto impotente; el gran monarca del reino: su majestad, la reina Catherine. Las joyas de sus dedos y ropas no se dejaban engañar; era simplemente la mujer más rica y poderosa de toda la región Helin Fernen. Su mirada fue arrebatada por los dos jóvenes que, con sus manos atadas y sus piernas sujetas una contra la otra, eran arrastrados ante el jurado. Se trataba claro de Molly y Neil, quienes apenas recibieron la orden de salir de su celda y fueron llevados hasta los pies de la corte a rastras, literalmente.

La reina no pudo evitar mirarlos con sus claros ojos pardos en tono de reproche.
Antes que nada, ellos debían saber que si existía un alma que no conocía ni una pisca de perdón, esa era Catherine de la Feersh: Una tirana con aspecto pronunciado y claros risos blancos que se levantaban por su velo majestuosamente adornado por amuletos reales.

-Oíd bien, todos vosotros… -recitó unas palabras y todos callaron. –Los culpables serán sometidos al peor de los castigos, la horca será. En la gran plaza…
-¡Espera un momento! –interrumpió descortésmente Neil ante todos los ojos burgueses. La mirada perpleja de la señora se paralizó con la intromisión del muchacho, con lo que le lanzó una vibra llena de odio y coraje.
-Cómo osas interrumpirme… a ti, malviviente, debería de llevarte a la hoguera de inmediato. Tus pies no merecen tocar, siquiera, el palacio de gobierno, ni tu mirada merece…
-Con todo respeto, excelencia… -volvió a interrumpir, lo que provocó que la muchedumbre produjera murmullos de desaprobación ante el comportamiento del muchacho. -… es cierto que entramos a tu castillo…
-“Su” –murmuró Molly entre dientes.
-…. Su…. Castillo. Pero debo recordarle que necesitamos al menos tener un juicio justo, o algo, no nos puede echar a la horca así porque si.
-¡Yo sí puedo! –gritó su majestad casi reventando las gradas con sus arrugadas manos llenas de anillos adiamantados. -¡Yo soy la reina, se hará lo que yo ordene, cuando y como lo ordene!

Un hombre de aspecto sereno se sentó al lado de la reina y le puso su mano encima del hombro de la mujer. Ella lo miró por unos momentos y conforme avanzaba una rápida charla, que nadie podía escuchar pues de murmullos se trataba, la mujer fue tranquilizándose.
Con un movimiento de su mano hizo entender al jurado que prosiguieran con su trabajo. Con lo que se puso de pie un hombre gordo con traje de color gris claro, una corbata aprobatoriamente elegante, y un bigote bajo una pronunciada nariz redonda y rojiza. Éste se colocó en su calva cabeza una peluca blanca con rollos que le caían hasta sus hombros. Subió hasta lo más alto del estrado y se acomodó los lentes:

-Aquí al que tienen a su izquierda y mi derecha es un joven habitante de Laroiss… -tosió y prosiguió. –Neil Fernett; de 15 años de edad, sin ningún antecedente que tenga que ver con la familia real. Cargos, meses atrás, te fueron retirados por una supuesta casería de cherrons diminutos en una de las granjas a los extremos de la villa. Pero tengo entendido que no fue nada grave y que esos cargos te fueron retirados a raíz de que tú mismo devolviste a los cherrons a sus respectivas granjas.
-Sí señor. –afirmó.
-Según entiendo vives solo con tu madre, María Fernett; dueña y carnicera sénior del Abastor: tienda que está en la villa a extremos entre Sevillanha número 37 y Laxis 23, en contra esquina  con la galería de Manoelly.
-Si señor… -volvió a afirmar.
-Viendo las posibilidades de que esto no vuelva a ocurrir los cargos de robo al castillo te serán quitados gracias a que realmente no te llevaste nada del lugar. Y que no existe relación entre tú y las chicas que escaparon por los cielos con un monto significativo.
Lamentablemente para ti, desde ahora, se te tiene prohibido verte en La Gran Central, mucho menos a los alrededores del castillo y/o dentro de él. Y durante un tiempo estarás bajo observación inclusive en la villa de Laroiss. De lo contrario tu cargo será justificado como potencial peligro para la gran familia real y serás ahorcado en la plaza sin ningún tipo de juicio.
-Si señor… -replicó.
-Por lo tanto con el poder que me confía la gran familia real, todos tus cargos te son levantados y quedas libre con el condicionamiento ya dictado.

Acto después de sus palabras azotó fuertemente un pedazo de madera cuadricular al borde de la mesa. Los guardias reales recorrieron toda la sala y tomaron por los brazos al joven, lo arrastraron en contra de su voluntad hasta la saluda y lo echaron al suelo de un empujón. Cerraron la puerta tras él.
Al principio sintió alivio de que haya salido tan bien librado. Luego, conforme avanzaba por el pasillo le fue picando la curiosidad sobre el juicio de su nueva amiga.
En hincó y apegó su oreja contra la pared; al principio no logró escuchar nada, pero conforme más pasaba el tiempo su oído se acostumbraba y lograba articular sonidos a través de la pared.

-Contigo es todo completamente diferente…
-Le contaré tanto detalle cómo me sea posible. –afirmó la chica.
-Bien. –produjo el juez de sus labios, sacó una hoja de papel y una pluma ahogada en pintura desde la punta. –Nombre –ordenó.
-Molly.
-Molly ¿Qué?
-No lo sé, sólo Molly. –dijo seriamente sin ninguna especie de jugueteo.
-¿Bromista?
-Huérfana, más bien…
-Hu-erf-ana. –anotó el hombre y prosiguió. -¿Donde naciste?
-No sé con exactitud, pero fui criada en el orfanato de Lavandria.
-Muy lejos de aquí ¿No crees? –dijo y continuó. -¿Qué querían robar exactamente tú y tu pandilla?
-Eso no puedo decírtelo.
-Al menos lo lograron robar.
-Espero que mis muchachas hayan podido…

De su asiento se levantó nuevamente la reina golpeando el mentón de un hombre al lado con su abundante vestido ampón.

-¡¿Qué fue lo que se llevaron?! –pronunció intranquila.
-¿Acaso tiene tantas riquezas como para no darse cuenta lo que mis muchachas se llevaron?
-¡Está jugando con mi paciencia…!
-Mi señora, por favor… -suplicó el juez. Una vez la reina más tranquila junto con el hombre de hace unos momentos se sentó volviéndole a propinar otro golpe en su cabeza con su vestido. –Entiéndeme Molly que, con la información que has dado, no puedo hacer nada por ti. No eres nadie… a tu edad que calculo, no necesito preguntártela, es apenas un poco mayor que la del muchacho carnicero, ya has robado efectivamente a la familia real de esta ciudad. No puedes enmendarlo tampoco porque las otras ladronas ya se han ido, con lo que fuera que es, en sus manos…
-Vaya al grano –dijo franco la joven todavía sin expresión en su rostro.
-Dado el poder que me fue confiado por la gran familia real, al no poder llegar a los acuerdos para tu libertad, y siendo el cargo muy grande y en contra, directa, de la reina Catherine de la Feersh; la sentencio a la horca, mañana por la mañana, en la plaza céntrica de La Gran Central.

Todas las personas lanzaron un estruendoso aplauso ante las palabras del juez, quien se puso de pie con un pesar fácilmente reconocible.
La chica cerró los ojos y se dejó arrastrar por los guardias, los cuales, la llevarían hasta su celda de momento a que se cumpliera el tiempo prometido para su muerte.
Todas las personas salieron del gran salón. Neil después de escuchar el golpeteo de muchos pasos se puso de pie. Corrió hasta las afueras del palacio de justicia y se lanzó deprisa y desesperado calle abajo, hasta llegar a la fuente de La Gran Central; de sus ojos se soltaban lágrimas. Miró a todas partes como si buscara algo que le diera la respuesta de su sentimiento. En ese preciso momento llegó Tedd, que intempestivamente puso sus manos sobre los hombros de su amigo y lo miró extrañado a la cara.

-¿Qué ocurrió amigo? –preguntó Tedd desconcertado al ver los ojos vidriosos de Neil.
-Es que… no lo sé… pasé una noche en la celda, y… todo fue tan horrible…

Tedd se limitó a abrazar a su amigo fuertemente. Al verlo más tranquilo, después de unos minutos, le echó otra mirada pero esta vez seriamente.

-Olvida lo que pasó… me la he liado con su mamá para que se trague mi cuento. Ella piensa que te quedaste a dormir en mi casa, fui con ella a decirle que te dio indigestión la cena. Ella sabe que ahorita vas a directo a tu casa para descansar…
-Gracias amigo, pero eso…. No, no puedo dejarlo así…. Pero tengo miedo…
-¿De qué me estás hablando?

Repentinamente un mortal canto se escuchó por toda la ciudad y hasta la villa. Las personas se horrorizaron pensando que era algo fuera de lo común; era el canto del Feeing. Al principio creyeron que tenían que entrar a sus casas como era lo habitual, sin embargo, al darse mejor cuenta cayeron en la conclusión que algo andaba mal.
El canto sonó cuando no debió de haber cantado. Las personas se miraron unas a otras durante unos cuantos minutos, pero el canto no cesaba.

-El canto del Feeing… -pronunció sollozando Neil.
-Imposible, todavía no es ni medio día…

Neil calló por unos segundos. Se acercó al mirador que tenía al lado y observó que todos los pueblos vecinos también tenían sus alarmas activadas.
Con algunos no es exactamente un canto, sino luces que se prenden por todas partes como para alertar algún incidente. En otros pueblos se levantaban las autoridades y comenzaban a poner orden en las calles; en otros pueblos, un poco más lejano, se divisaba como se prendían luces rojas. En la ciudad más lejana que se podía ver desde el miraros se apreciaban zeppelines volando por todas partes.

-El mundo se ha vuelto loco de repente… -produjo Tedd impaciente por saber el porqué.

Un rumor corrió a lo largo de las calles y Neil se puso en marcha para dejar La Gran Central esperando no volver jamás. Tras él iba Tedd que se inmiscuía entre todas las personas para llegar hasta su amigo e intentar detenerlo; cosa que no logró y se limitó a seguirlo hasta donde él tuviera que llegar.
Su viaje concluyó exhaustivamente por las calles de la tecnología; en todos los televisores estaba la misma programación. Sin embargo, había mucha gente como para poder acercarse, era imposible y mucho menos escuchar lo que decía.

Sin que él se enterara de nada la gente hablaba entre sí como si de un suceso extraordinario se tratara.
Finalmente los muchachos llegaron a la tienda de Barry. Entraron de prisa y sin hacer ninguna pauta llegaron hasta la trastienda. Tedd esperaba que al alcanzar a Neil le echara tremenda reprimenda, sin embargo ambos miraban a Barry Jr; con los ojos blancos como platos, miraba el televisor como si no diera crédito a lo que escuchaba.

En la programación estaba la mujer que da las noticias. Pero por su expresión se notaba que lo que decía lo estaba viendo y escuchando todo el mundo.
Ella seguía articulando palabras; Neil y Tedd no entendían nada, pues llegaron tarde a la programación. Sin embargo, abajo, donde siempre están los encabezados de las noticias, decía:

“Monihiant Xyay, ha desaparecido”.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Capítulo 4

Capítulo 4
Molly   la   Ladrona


Con cada nuevo respiro Neil y Molly se llenaban de más guardias; tanto en el puente hacia la torre sur, como también en los pasillos de las mazmorras.
Ya había pasado un buen rato cuando las hélices del helicóptero habían dejado de sonar. Se encontraba lo suficientemente lejos como para olvidar el plan A; aunque Molly era una chica joven aún ya tenía bastante experiencia en esta clase de situaciones.
Por diferentes azares de la vida ésta no era la primera vez que se metía en problemas que la obligaban a desenvainar su espada y estar rodeada por un centenar de hombres armados con la intención de capturarla.

-¿Podrás con ellos Molly? –pronunció bajo Neil aún tirado en el suelo por el golpe que le había propinado de corazón la ladrona.
-Que sepas mi nombre no te da el derecho de decirme así, aún te odio…

Su voz fue cortada por el movimiento de su hoja metálica chocando contra una de las espadas largas de un soldado. De una patada Molly logró alejarlo lo suficiente como para contraatacar con su propia arma, la cual chocó violentamente contra el escudo del guardia provocando un estruendoso sonido agudo.
Molly dio un giro y volvió a golpear su espada contra la guardia real sin grandes resultados. Todos estaban escudados en sus armaduras que eran cual murallas; era una característica muy específica de la familia real de La Gran Central: al igual que sus muros, sus guardias eran impenetrables.

-¿No traes alguna especie de arma o algo? –le preguntó al muchacho tirado sin mirarle la cara.
-Sólo soy un carnicero… todo lo que podría llevar en mis bolsillos son cuchillos y afiladores. Pero no, no llevo nada.
-Válgame, de todas las personas con las que pude haber quedado enrollada en una situación así, tuvo que ser con un niño que no trae ni una navaja para defenderse… eres patético.

Un soldado de aspecto pesado se echó al ataque contra Molly propinándole un par de movimientos lentos pero, por la expresión de la chica, eran altamente fuertes; su gruesa espada chocó contra el metal de la chica y terminó rompiéndola en el último choque. La joven se echó hacia atrás y ésta fue embestida por el escudo del soldado.
Terminó en el suelo, herida e inconsciente.

El muchacho logró lanzar un grito que se ahogó al ser golpeada su nuca. La visibilidad de Neil fue perdiendo la luz; sus ojos de pronto se cansaron y se fueron cerrando muy lentamente. Su cuerpo cayó en el suelo y dio un suspiro, que aunque él no escuchó, dio alerta a los soldados que él ya no se encontraba en sí.
Cerró los ojos y se perdió en la oscuridad.





Neil fue el primero en abrir sus avellanados orbes.
Su cuerpo se sentía húmedo como la roca sobre la que estaba acostado. Parecía escuchar agua siendo derramada; las paredes chorreaban un montón. De primera instancia divisó una cama, encima había alguien, alguien que no reconoció hasta después de unos segundos de haber tenido los ojos abiertos. Era Molly la que estaba acostada, aún inconsciente.
Neil trataba de levantarse pero sus temblorosas manos no le daban tregua a la hora de resistir el peso de su cuerpo; decidió cerrar los ojos. Volvió a contener el sueño.





Ésta vez fue despertado por Molly.
Ella con sus manos movía el cuerpo del muchacho, él sentía como si lo retuvieran mil elefantes contra el suelo. Apenas y tuvo fuerzas para abrir los ojos nuevamente. Su respiración se tranquilizó y pudo mirar a la joven que lo empujaba con su pie descalzo, estaba sentada justo a su lado con la mirada perdida.
Al mirarla pudo apreciar más el lugar donde se encontraban. Era fácilmente reconocible como un calabozo; estaban en una celda para prisioneros y los que esperaban ser enjuiciados junto con un montón de bandidos. Aún en los tiempos actuales a la reina Catherine le seguían atrayendo éste tipo de cosas; desde las torturas más arcaicas, hasta las celdas más tradicionales de la edad antigua.
El insoportable dolor de cabeza del joven carnicero no lo dejaba ponerse de pie de un salto como lo hubiera hecho en otras condiciones. En su defecto, se fue levantando poco a poco conforme su cuerpo se iba recuperando y sus brazos impulsaban su pobre ser hasta que se pudo sentar.

-¿Dónde estamos? –preguntó débil y adolorido.
-En un calabozo. –le respondió Molly desanimada. –Nos atraparon –Explicó. -… cuando desperté ya estaba aquí. Me encontraba muy débil y me subí a la cama a descansar un rato más. Tal parece que nos echaron como animales a un corral.

Neil divisó la entrada. No eran barrotes como él estaba acostumbrado a ver en las películas o en las series de televisión. Era una puerta con sólo un espacio donde podían asomar sus rostros para ver el pasillo y algunas otras celdas. A sus espaldas tenían una ventana donde podían recibir un poco de luz; tal parecía que era de día pues la luz del sol entraba apenas y rozando sus cuerpos.
El joven se levantó, sujetó su cabeza con una mano y la comenzó a apretar pensando que así el dolor desaparecería. En efecto, le sirvió lo suficiente como para ponerse en marcha y, al menos, poder terminar apoyado en un muro que chorreaba agua de dudosa procedencia.

-Hace unos momentos me dijiste que eras carnicero…
-Aprendiz de carnicero –le interrumpió y calló cerrando fuerte los ojos por el dolor de cabeza.
-¿Qué hacía alguien como tú en La Gran Central? Nuestro plan era agarrar a cualquiera que cayera en nuestras manos, pero no nos esperábamos a un mercante de Laroiss.
-Aunque te parezca patético, es un trabajo más honesto que robarle a otros. –ironizó.
-Todos tenemos nuestras razones… -dijo Molly, apartó la vista del muchacho. –Una no espera vivir toda su vida robando, esperas que llegue la oportunidad para abandonarlo todo, terminas robando primero para no morir de hambre… y luego para alguien más.
-¿Por qué ser ladrona?
-¿Por qué ser carnicero?

Hubo por un momento un silencio, que aunque no incómodo, era bastante aplastante para cualquiera de los dos jóvenes. Por sus mentes recorrieron su vida entera por unos instantes.

-Desde que tengo memoria he vivido en Laroiss con mi mamá… -explicó Neil y se fue sentando lentamente mientras lo narraba. –Ella es la dueña de la Carnicería del Abastor. Al principio me resultaba repugnante, ya sabes, tomar a cualquier animal y desollarlo con tus propias manos. A medida en que fui creciendo me interesó bastante el negocio familiar, creo que es lo más normal para un niño, seguir el ejemplo de sus padres.
Así fui convirtiéndome en el barredor, luego en el mercante andante, luego en el chico de los panfletos y ahora mi mamá me ha dado la oportunidad de finalmente convertirme en aprendiz de carnicero. Eso significa más que nada, atender a los clientes, hacer los cortes y entregárselos. Todo con el cello de garantía de mi familia.
La idea de que saliéramos con tu grupo fue de mi estúpido amigo Tedd. Él se enamora muy fácilmente y le atrajeron tus amigas, y hasta cierto punto tú.
-¿Yo? –lanzó la interrogante muy sorprendida.
-Si –contestó y prosiguió –Pero no lo tomes personal. La verdad es que no eres mal parecida.
-¡Qué insolentes! –Se puso de pie y comenzó a gritarle enojada -¡Ninguno de los dos sabe algo de mí!

Neil se guardó sus comentarios.
Sólo vio como poco a poco su enojo iba bajando hasta que ella también se sentó al otro extremo de la cámara para ver al chico de frente a lo lejos.

-Sabes… -comenzó a decirle tranquilamente, parecía que estaba deprimida. –La primera idea que le llega a una huérfana es que debe vivir su vida para conocer a las personas que la abandonaron: me refiero claro a sus padres.
Así crecí yo. En el orfanato del pueblo Lavandria; a cuatro lunas de Laroiss. Allí conocí a mucha gente, pero por más que me esforzaba nunca logré simpatizar con nadie. Ni siquiera los adultos quisieron adoptarme, nunca… poco a poco fui perdiendo mi sonrisa, hasta que un día ya no estaba en mi rostro.

Neil la miraba detenidamente.

-Al cumplir los 18 años, ya nadie te retiene en esos lugares. –explicó. –Comúnmente todos se quedan, hacen tantos amigos que no pueden darse el lujo de perderlos a todos.
Yo por mi parte en mis 18 años allí nunca conocí nada parecido a la amistad. Todos me veían de forma diferente; nadie quería jugar conmigo, ni hacer ninguna especie de actividad, ni salir, ni adoptarme, ni nada. Viví con la esperanza de que cuando pudiera salir de éste lugar iría en busca de mis padres, y así fue.
-¿Y qué pasó? –preguntó Neil con un nudo en la garganta.
-Nada más que la verdad… -replicó Molly con lágrimas en los ojos. –Una huérfana espera que el corazón de sus padres la reconocerían. Lo que más espera es que cuando llegue el momento, su vida volverá a la normalidad y que todos serían felices para siempre.
Al viajar descubrí que mi madre trabajaba en un prostíbulo. Que hijas le sobran en diferentes orfanatos. Al descubrir eso ni siquiera me molesté en conversar con ella. Fue la decepción más gran de mi vida. Sabía que lo último que quisiera hacer es seguir los pasos de mi madre.
Y mi papá…no había cumplido yo ni cuatro años en el orfanato cuando lo registraron muerto en la bahía. Ahogado en sus borracheras y drogas; la clase de vida que hubiera vivido si hubiera estado con ellos me hace preguntarme si mi destino fue horrible o lo mejor que me ha pasado en la vida.

Silencio.
Se produjo por unos momentos sólo para que la joven se pudiera limpiar sus lágrimas y continuar su historia con toda seriedad.

-Viajé, sólo por un tiempo para encontrar algo nuevo qué hacer con mi vida. Para sobrevivir tuve que robar. La primera vez que robas a otros te sientes terrible, pero tienes que sobrevivir, tienes que seguir viviendo. No puedes dejarte caer porque otros te pisarán.
A los 19 años llegué a Bornia. Una ciudad capital donde lo único que abunda son los diferentes tipos de empresas. Allí, junto con mis compañeras, tomamos un golpe fuerte; nos decidimos y después de unos días logramos entrar a una de las empresas más poderosas del mundo. Su edificio sobresale por toda la ciudad, aunque no está tan alto una ciudad como Bornia con empresas apretadas y escondidas como si de flechas se escudaran.
-Pero según sé en Bornia el único edificio que sobresale de todos los demás es…
-Si –respondió Molly. –Es el edificio de Monihiant Xyay. Uno de los muchos que tiene en todo el mundo.
-¿Trataste de robarle a Monihiant Xyay? –preguntó Neil intempestivamente.
-Fue uno de mis tantos errores. –Explicó. –Jamás pude verlo. Allí me encontré a un hombre que estaba muy interesado en que mis amigas y yo formáramos parte de un grupo de ladronas. Era eso, o entregarnos a las autoridades a responder por nuestras acciones: robarle al hombre más poderoso de la tierra.
Su nombre es Morgan Alley. La cabeza a cargo del edificio OMCPDM número 6 en la ciudad de Bornia. Él se encarga de que todo en ese lugar esté en un estricto orden.

La mirada de Neil era una combinación de desesperación pero con un toque de interés al seguir escuchando esa parte.

-… Él fue quien nos encargó que viajáramos a Laroiss. Entráramos al castillo de Catherine y robáramos una de sus gemas. Gemas que espero mis chicas las hayan encontrado y se las hayan llevado.
Y aquí estoy, contigo, encerrada por tu culpa, a punto de ser enjuiciada y morir en la horca.
-Lo lamento… -exhaló Neil entristecido.
-Descuida, tarde o temprano iba a pasar… alguien como tú va a salir libre. Pero alguien como yo, sin pasado, sin presente, sin futuro; no espera nada.

El joven evitaba cruzar mirada con ella. Era mucha su pena como para verla a los ojos y descubrir como tranquila esperaba a la muerte.
Ella se levantó y se tronó todos los huesos de su espalda en un movimiento con el que arqueo toda su columna, se lanzó a la dura cama y miró al muchacho.

-¿Cuál es tu sueño? –le preguntó seriamente.
-¿Mi sueño?
-Sí. Al menos resígnate a contestarme, no sé qué otra oportunidad tendré para hablar con alguien.
-Mi sueño… -pensó Neil por unos segundos, luego miró a la chica. –Supongo que convertirme en carnicero, y llevar la franquicia de mi madre más allá de sólo Laroiss. Tocar otras fronteras y ver lugares diferentes mientras hago lo que más me gusta: destripar y desollar la carne antes de ponerla a calentar. –dijo entre risas. -¿Y cuál es tu sueño?
-¡Bah! –gruñó Molly y se acostó con la mirada hacia el techo. –Alguien como yo no tiene sueños. Primero era ser bailarina, luego fue tener un amigo en el mundo, luego fue conocer a mis padres, luego fue superarme a mí misma. Cuando tu vida está llena de decepciones te quedas con el único sueño al que puedes seguir aspirando.
-¿Cuál? –preguntó Neil interesado.
-Seguir viviendo… -le contestó Molly y le clavó la mirada a sus ojos. Los ojos de Neil no pudieron evadir esa mirada; significaba tantas cosas en un solo segundo. Cuando estaba a punto de decir algo, la chica intervino con sus palabras. –Me recuerdas a alguien. Bueno, la primera vez que te vi te pregunté quién eras porque por un segundo, creí que eras la misma persona. Aunque por tu edad y estatura el parecido no te duró ni un segundo.
-¿A quién te recordé?
-A papá…-dijo y calló.